martes 13 de marzo de 2012

[corpus] la paranoia como forma de vida II




12. En algunas de las cartas que recibe o escribe en Vincennes o en la Bastilla, Sade ve o coloca enunciados de claves que llama señales. Estas señales le sirven para imaginar, incluso para leer (si supone que, colocadas intencionalmente por su corresponsal, han escapado a la censura) el número de días que le separan de la visita de su mujer, de una autorización para el paseo o de su liberación; estas señales son más bien maléficas ("El sistema cifrado se utiliza contra mí..."). La manía de la clave se lee en varios niveles; en primer lugar el del bastión neurótico: en su obra novelesca, Sade no deja de contabilizar: las categorías de sujetos, los orgasmos, las víctimas; y sobre todo, como Ignacio de Loyola, mediante una finta puramente obsesiva, contabiliza sus propios olvidos, sus fallos de numeración; y además, la clave, al perturbar una racionalidad (digamos más bien que está especialmente pensada para perturbarla) tiene el poder de determinar un impulso surrealista: "El 18, a las 9 horas, el reloj da 26 campanadas", anota Sade en su diario; finalmente, la clave es el camino triunfal de acceso al significante (aquí, en forma de juego de palabras): ("El otro día, porque necesitaba un 24, un mozo de cuerda enviado para remedar a Monsieur Le Noir [era un oficial de policía], y para que escribiese a Monsieur Le Noir, vino [vint] el 4 [quatre]; ya está el 24 [vingt-quatre]"). El cifrado es el comienzo de la escritura, el inicio de su posición liberadora: relación censurada al parecer en la historia de la ideografía si creemos los trabajos actuales de J.-L. Schefer sobre los jeroglíficos y la escritura cuneiforme: la teoría fonológica del lenguaje (Jakobson) aleja indebidamente al lingüista de la escritura; el cálculo le acercaría a ella de nuevo.[1]

[1] Barthes, Roland. Sade, Fourier, Loyola. Madrid, Cátedra, 1997.

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lunes 5 de marzo de 2012

[Hacia una teoría de la mediación] Memes, memes por todas partes

MEMES, MEMES POR TODAS PARTES*

Durante la última década del siglo pasado, se hizo muy popular un juguete japonés denominado tamagochi, que reduce al otro con el que nos comunicamos (normalmente un animal doméstico) a una presencia puramente virtual en la pantalla. Jugar con él supone actuar como si hubiera una criatura real viva, detrás de la pantalla; nos excitamos y gritamos en nuestro empeño aunque sabemos perfectamente que no hay nada detrás, sólo una red digital sin sentido. Si nos tomamos en serio lo que acabamos de decir, no podemos evitar la conclusión de que la otra persona con la que nos comunicamos es también en última instancia una especie de tamagochi. Cuando comunicamos con otro sujeto, recibimos señales de él, observamos su cara como una pantalla, pero no llegamos nunca a saber, a pesar de ser compañeros de comunicación, qué es lo que está detrás de la pantalla. Y lo mismo pasa para el propio sujeto interesado (i. e., el sujeto no sabe lo que está tras la pantalla de su propia (auto)conciencia, qué clase de Cosa es él en lo Real). La (auto) conciencia es una pantalla de superficie que produce el efecto de "profundidad", de una dimensión que está por debajo de ella. Pero esta dimensión sólo es accesible desde el punto de vista de la superficie, como un tipo de efecto de superficie: si realmente vamos más allá de la pantalla, el propio efecto de la "profundidad" de una persona se disuelve. Lo que nos queda es sólo un haz de procesos sin sentido que son neuronales, bioquímicos, etcétera. Por esta razón, la manida polémica sobre los papeles respectivos de los "genes versus el medio ambiente" (de biología versus cultura, de naturaleza versus nutrición) en la formación de los sujetos pierde de vista la dimensión capital, a saber, la de la interfaz que conecta y separa a la vez las dos dimensiones. El "sujeto" aparece cuando la "membrana", la superficie que delimita el Adentro y el Afuera, lejos de ser un medio pasivo de su interacción, empieza a funcionar como su mediador activo.

jueves 23 de febrero de 2012

[Corpus] ¿Quién mató al policial?



...después de todo, en una sociedad como la nuestra son raros, no obstante, los discursos que tienen a la vez tres propiedades. La primera es poder determinar, directa o indirectamente, un fallo de la justicia que, después de todo, concierne a la libertad o la detención de un hombre. En el límite (y veremos algunos casos), la vida y la muerte. Así pues, se trata de discursos que en última instancia tienen un poder de vida y muerte. Segunda propiedad: ¿de dónde sacan ese poder? De la institución judicial, tal vez, pero también del hecho de que funcionan en ella como discursos de verdad, de verdad por su status científico, o como discursos formulados, y formulados exclusivamente por personas calificadas, dentro de una institución científica. Discursos que pueden matar, discursos de verdad y discursos -ustedes son la prueba y los testigos- que dan risa. (...) Esos discursos cotidianos de verdad que matan y dan risa están ahí, en el corazón mismo de nuestra institución judicial.

Foucault, Michel. Clase del 8 de enero de 1975 (en Los Anormales)


martes 7 de febrero de 2012

[corpus] la paranoia como forma de vida I



Otra figura, bien conocida de la novela policíaca, podría llamarse el milagro del indicio: el indicio más discreto es el que, en último término, permite descubrir el misterio. Aquí aparecen implicados dos temas ideológicos: de una parte, el poder infinito de los signos, el sentimiento pánico de que los signos están en todas partes, de que todo puede ser signo; y de otra parte, la responsabilidad de los objetos, en definitiva tan activos como las personas: hay una falsa inocencia del objeto; el objeto se oculta detrás de su inercia de cosa, pero en realidad ello es para mejor emitir una fuerza causal, que no se sabe si procede de sí mismo o si tiene otro origen.
Encontramos el segundo tipo de relación que puede articular la estructura del suceso: la relación de coincidencia. En principio, la repetición de un hecho, por anodino que sea, es lo que le designa a la notación de coincidencia: una misma joyería ha sido atracada tres veces; la dueña de un hotel gana en la lotería cada vez quie juega, etc.: ¿por qué? En efecto, la repetición siempre mueve a imaginar una causa desconocida, hasta tal punto es cierto que, en la coincidencia popular, lo aleatorio siempre es distributivo, nunca repetitivo: se supone que el azar cambia los hechos; si los repite es porque quiere significar algo por medio de ello: repetir es significar; esta creencia (*) es el origen de todas las antiguas artes adivinatorias; desde luego, en nuestros días una repetición no evoca abiertamente una interpretación sobrenatural; sin embargo, incluso degradada al rango de "curiosidad", no es posible advertir la repetición sin pensar que posee un cierto sentido, incluso si este sentido queda en suspenso: lo "curioso" no puede ser noción neutra, y por así decirlo inocente (excepto para una conciencia absurda, y éste no es caso de la conciencia popular): institucionaliza fatalmente una interrogación. (...)

jueves 26 de enero de 2012

[hacia una teoria de la mediación] Movimiento por una web descentralizada


Hoy me pasaron un link a esta entrada del blog echelon ("un blog personal y tecnológico sobre desarrollo de software, arte y música" según se autodefine). me interesó a medida en que iba leyendo y decidí traducir mientras leía. ahí va el resultado.



Movimiento por una web descentralizada (The Decentralized Web Movement)

>A lo largo de los años, el número de computadoras creció, y un paso lógico en su evolución fue conectarlas unas con otras para permitir que sus usuarios puedan compartir cosas. Pequeñas redes crecieron hasta transformarse en enormes redes y algunas computadoras ganaron más potencia[1] que las demás. Se llamaron a sí mismos "servidores". Hoy millones de personas están conectadas online, a merced (at the mercy) de los intermediarios que controlan los servidores del mundo.

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